Cuando hablamos de consumo de alcohol o drogas, es común escuchar frases como: “Le falta fuerza de voluntad”, “Si quisiera, podría dejarlo” o “Tiene que aprender a controlarse”.
Pero las cosas son bastante más complejas.
El consumo no depende simplemente de ser “fuerte” o “débil”. Hay muchas cosas que pueden influir: la personalidad, las emociones, los amigos, las situaciones en las que uno se encuentra y, también, lo que uno espera que va a pasar al consumir.
Esto es especialmente importante durante la adolescencia. Es una etapa en la que muchas personas prueban alcohol u otras drogas por primera vez. También es un período de muchos cambios: se están formando nuevas amistades, aumenta la independencia y aparecen situaciones que antes no existían.
Por eso, entender por qué algunos adolescentes son más propensos a consumir puede ayudar a prevenir problemas antes de que aparezcan.
No todas las personas son impulsivas de la misma manera
Muchas veces usamos la palabra “impulsivo” para hablar de alguien que actúa sin pensar. Pero la impulsividad puede aparecer de distintas formas.
Por ejemplo, está la persona que siempre busca nuevas experiencias y actividades entretenidas. Es quien escucha que habrá una fiesta y piensa inmediatamente: “¡Vamos!”. No necesariamente hace las cosas sin pensar. Simplemente le atrae mucho la novedad, la diversión y la posibilidad de pasarlo bien.
Otra forma de impulsividad tiene más que ver con actuar sin pensar demasiado en las consecuencias. Por ejemplo, alguien puede decir: “Solo voy a tomar una cerveza”, pero después sigue tomando porque va decidiendo en el momento.
También está la tendencia a hacer cosas cuando las emociones son muy intensas. Una persona puede tomar una decisión de la que después se arrepiente porque estaba muy enojada, muy triste o muy ansiosa.
Aunque todas estas conductas pueden parecer similares, no son exactamente lo mismo. Y esta diferencia es importante porque cada una puede relacionarse de manera distinta con el consumo de drogas.
Antes de consumir, ya tenemos una idea de lo que podría pasar
Hay otro elemento muy importante: lo que esperamos que ocurra si consumimos.
Pensemos en el alcohol. Un adolescente puede creer que tomar le ayudará a ser más sociable, a perder la vergüenza o a hablar con la persona que le gusta. Otro puede pensar que beber hará que una fiesta sea más entretenida.
Estas ideas se llaman expectativas.
Y no es necesario haber consumido para tenerlas.
Un adolescente puede formar estas expectativas simplemente observando a otras personas. Por ejemplo, puede ver que en una película todos toman y parecen pasarlo increíble. Puede escuchar a sus amigos hablar de lo divertida que estuvo una fiesta. Puede observar cómo consumen los adultos de su familia.
Poco a poco, se va formando una idea: “Si consumo, probablemente me voy a sentir mejor, me voy a divertir más o me va a resultar más fácil relacionarme con otras personas”.
El problema es que estas ideas pueden influir en las decisiones posteriores. Lo bueno puede quedar más presente que lo malo. Algunos adolescentes pueden estar especialmente atentos a las posibles recompensas. Por ejemplo, después de una fiesta, pueden recordar principalmente que se rieron mucho, conocieron gente o se sintieron más desinhibidos.
Quizás también tuvieron una resaca terrible, hicieron algo vergonzoso o discutieron con alguien. Pero esas consecuencias negativas pueden quedar menos presentes cuando vuelven a pensar en la experiencia.
Así, con el tiempo, puede fortalecerse una idea como: “Cuando tomo, lo paso bien”.
Y esa expectativa puede aumentar la probabilidad de volver a consumir.
Esto ayuda a entender algo que, a primera vista, parece contradictorio: saber que una droga puede ser dañina no siempre es suficiente para evitar su consumo.
Un adolescente puede saber perfectamente que fumar es malo para la salud y, al mismo tiempo, pensar que fumar le ayudará a integrarse con un grupo. Puede saber que el alcohol puede causar problemas y, aun así, esperar que le permita sentirse más relajado en una fiesta.
Por eso, decir solamente “las drogas hacen mal” muchas veces no alcanza. También es necesario conversar sobre qué creen los adolescentes que van a obtener al consumir.
También importa sentirse capaz de decir que no
Imaginemos una situación.
Un adolescente está en una fiesta. Alguien le ofrece alcohol. Dice que no. Otra persona insiste: “Ya, una sola vez”. Después se ríen y le dicen que no sea aburrido.
¿Qué hace en ese momento?
La respuesta no depende solamente de si quiere consumir o no. También depende de cuánto confía en su capacidad para manejar esa situación.
Esto se conoce como autoeficacia de rechazo. En términos simples, es la idea que tenemos de si seremos capaces de decir que no cuando alguien ofrece una droga o insiste en que consumas.
Y no todas las situaciones son igual de fáciles.
Quizás una persona puede decir que no a consumir alcohol sin problemas cuando está sola. Pero le cuesta mucho más hacerlo frente a un grupo de amigos.
O puede sentirse capaz de rechazar una droga cuando está tranquila, pero tener muchas más dificultades cuando está triste, ansiosa o pasando por un mal momento.
La buena noticia es que la habilidad para decir que no se puede practicar.
Se pueden ensayar respuestas concretas:
“Gracias, pero no quiero”.
“Estoy bien así”.
“Mañana tengo algo temprano”.
También se pueden pensar estrategias para salir de una situación incómoda, pedir ayuda a un amigo o evitar contextos donde sabemos que será especialmente difícil mantener una decisión.
El alcohol y la marihuana no necesariamente siguen el mismo camino
Cuando estudiamos estos procesos en adolescentes chilenos, apareció algo importante: no todas las sustancias parecen relacionarse de la misma manera con la impulsividad.
En el caso del alcohol, la búsqueda de experiencias agradables y entretenidas tuvo un papel especialmente importante. En otras palabras, algunos adolescentes pueden ser más propensos a tener problemas con el alcohol porque están muy orientados hacia las posibles recompensas y desarrollan expectativas positivas sobre lo que ocurrirá al consumir.
Por ejemplo:
“Si tomo, lo voy a pasar mejor”.
“Si tomo, voy a ser más sociable”.
“Si tomo, me voy a atrever a hacer cosas”.
En el caso de la marihuana, el panorama fue un poco más complejo. Además de la búsqueda de experiencias agradables, también parecían ser importantes otras formas de impulsividad, como actuar sin pensar o tomar decisiones rápidamente cuando se experimentan emociones intensas.
Esto es importante porque significa que no necesariamente sirve usar exactamente la misma estrategia preventiva para todas las drogas.
Una intervención centrada principalmente en las expectativas sobre el alcohol puede ser útil para algunos problemas relacionados con esa sustancia, pero quizás no sea suficiente para abordar todas las razones por las que un adolescente puede consumir marihuana.
Entonces, ¿qué podemos hacer?
Estas ideas nos dejan algunas lecciones bastante simples.
Primero, prevenir no significa solamente entregar información sobre los riesgos. También es importante preguntar qué piensa el adolescente sobre el consumo.
Por ejemplo:
“¿Qué crees que pasaría si tomaras?”
“¿Qué crees que ganarías con eso?”
“¿Por qué crees que otras personas consumen?”
Estas preguntas pueden ayudar a conocer las expectativas que ya existen.
Segundo, no es necesario esperar a que aparezca un problema para conversar sobre esto. Las ideas sobre el alcohol y las drogas pueden formarse mucho antes del primer consumo.
Tercero, aprender a decir que no puede practicarse. Es más útil pensar en situaciones concretas que simplemente decirle a alguien: “Tienes que tener más personalidad”.
Cuarto, la presión de los pares importa. Muchas decisiones sobre consumo no se toman en abstracto, sino en momentos específicos: una fiesta, una junta, una conversación con amigos o una situación en la que alguien insiste.
Y quinto, no todas las drogas ni todos los adolescentes son iguales. Algunas personas pueden consumir principalmente buscando diversión. Otras pueden hacerlo porque actúan rápidamente sin pensar. Otras pueden ser más vulnerables cuando están pasando por emociones difíciles.
Por eso, probablemente no existe una única explicación ni una única solución.
Algo más que “ponerle ganas”
Si creemos que todo depende de que un adolescente “le ponga ganas”, entonces la única solución parece ser pedirle que se esfuerce más.
Pero si entendemos que el consumo también está relacionado con lo que una persona espera obtener, con la forma en que responde a las recompensas y con su capacidad para manejar situaciones difíciles, aparecen muchas más posibilidades.


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