El miedo es una emoción adaptativa y fundamental para la supervivencia. Nos ayuda a identificar amenazas y reaccionar a tiempo. Sin embargo, el miedo no siempre se mantiene limitado a la situación u objeto al que se aprende a temer. A veces el miedo se extiende más allá de lo aprendido; situaciones o estímulos que se parecen a lo temido pueden provocar la misma respuesta. Cuando esto se repite constantemente, el miedo podría provocar problemas de conducta en la vida diaria. Por lo tanto, es importante investigar los factores que pueden llevar a extender el miedo a situaciones nuevas o no temidas.
En un estudio realizado en el Doctorado en Psicología de la Universidad de Chile, se investigó cómo la cantidad de experiencias con situaciones que predicen amenaza o seguridad, y la similitud de estas situaciones, impactan en el aprendizaje del miedo a corto y largo plazo, y cómo se extienden a situaciones nuevas. Para ello se usaron rostros, donde algunos de ellos eran seguidos por una amenaza (el ataque de un perro virtual), mientras que otros no. La experiencia de los rostros seguidos de amenaza podía ser breve o repetirse muchas veces, y los rostros podían ser diferentes o similares entre sí.
Incluso pocas experiencias bastan para distinguir entre peligro y seguridad
Uno de los hallazgos importantes fue que los participantes aprendieron a temer de forma rápida. Aun cuando las experiencias fueran breves o prolongadas, o si los rostros que señalaban la amenaza o su ausencia eran diferentes o similares, los participantes aprendieron de forma efectiva a responder con más miedo al rostro que señalaba la amenaza, y con menos miedo a los rostros que señalaban su ausencia. Esto sugiere que las personas pueden aprender a sentir miedo a situaciones amenazantes sin la necesidad de exponerse de forma prolongada, es decir, una experiencia breve con una situación amenazante puede bastar para que aprendamos a temerla. Además, los participantes lograron diferenciar los rostros que eran peligrosos y los que eran seguros, incluso cuando los rostros eran similares entre sí. Es decir, aunque dos situaciones se parecen, podemos aprender a diferenciar cuál representa una amenaza y cuál es segura. Sin embargo, contrario a lo esperado, el rostro que no fue acompañado de la amenaza y logró señalar seguridad no logró suprimir completamente el miedo. Así pues, una situación que continuamente señale la ausencia de amenaza puede generar seguridad (de que no aparecerá la amenaza), hasta que aparece la amenaza y comienza a provocar miedo.
Los participantes también mostraron un aprendizaje del miedo a largo plazo. Cuando los participantes dejaron de ver el rostro seguido de la amenaza, el miedo disminuyó progresivamente. Sin embargo, luego de un reencuentro del rostro acompañado de la amenaza, los participantes volvieron a mostrar las respuestas con miedo hacia el rostro, tal como pasó al inicio. En otras palabras, una situación que inicialmente fue seguida por una amenaza y provocó miedo puede dejar de provocar miedo si no se presenta la amenaza por un tiempo prolongado, pero una breve experiencia con la amenaza puede provocar la recuperación de las respuestas de miedo.
El miedo puede extenderse a situaciones parecidas, dependiendo de cómo se aprende
El estudio también analizó cómo el miedo se extiende hacia situaciones nuevas. Los resultados mostraron que la extensión del miedo a situaciones nuevas depende de la forma en que se aprende el miedo. Por un lado, quienes tuvieron más experiencias del rostro acompañado de la amenaza mostraron una mayor expansión del miedo en comparación con quienes tuvieron una experiencia breve. Esto significa que la repetición constante de situaciones amenazantes puede provocar que uno experimente un miedo constante, lo que facilita su expansión a situaciones no amenazantes. Por otro lado, ocurrió algo menos esperado, cuando las situaciones que señalaban amenaza o seguridad eran similares entre sí, los participantes mostraron una menor expansión del miedo, en comparación cuando los rostros eran diferentes. Al parecer, estar expuesto a situaciones similares provoca que prestemos mayor atención a detalles o características de las situaciones, lo cual nos permite diferenciar lo peligroso de lo seguro, lo que ayuda a que el miedo no se expanda a situaciones nuevas.
Al igual que el aprendizaje del miedo, su expansión también cambia a largo plazo. Cuando el miedo hacia un rostro aumentaba, también el miedo se extendía más a rostros nuevos; cuando el miedo se reducía, la extensión también se reducía. No obstante, cuando el rostro volvía a provocar miedo, nuevamente el miedo se extendía más a rostros nuevos. En otras palabras, si el miedo a una situación aumenta o se reduce, su extensión a situaciones nuevas también lo hace.
¿Qué nos deja este estudio?
Los hallazgos en este estudio pueden contribuir a una mejor comprensión sobre el aprendizaje del miedo. Primero, una experiencia breve de una situación amenazante puede ser suficiente para aprender a temerles. Asimismo, por más que dos situaciones sean similares, basta que una de ellas no sea acompañada por una amenaza para producir seguridad. Segundo, la expansión del miedo es mayor cuando se tiene una experiencia prolongada con situaciones amenazantes, y es menor cuando las situaciones amenazantes y no amenazantes son similares. Tercero, cuando el miedo a una situación se reduce la expansión del miedo también se reduce, pero, si el miedo se recupera, el miedo también se vuelve a expandir a situaciones nuevas. Finalmente, estos resultados apoyan la efectividad de la extinción como una técnica de la Terapia Cognitivo-Conductual para reducir el miedo independientemente de cómo se aprende. En resumen, el estudio aporta evidencia de cómo la forma en que aprendemos el miedo pueden afectar la forma en cómo se extiende el miedo a situaciones novedosas, además, agrega evidencia de la eficacia de la Terapia Cognitivo-Conductual para reducir el miedo.

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