Una brevísima incursión en el Aprendizaje Relacional

[Quizás no tan breve]

Desde hace algunas semanas ha estado dando vueltas en mi cabeza un tema que he discutido acaloradamente con algunos colegas del área experimental de la psicología: El aprendizaje relacional.

Desde mi experiencia, siempre humilde pero sesgada debo admitir, este es un tema que, recurrentemente, al ponerse sobre la mesa genera incertidumbre, un poco de desconfianza, incredulidad, e incluso curiosidad, pero sobre todo un gran malestar. Creo yo que esto último se debe a dos circunstancias particulares. La primera, es que el aprendizaje relacional puede llegar a parecerse a un cuerpo de conocimientos que usurpan el área de trabajo de otras aproximaciones teóricas bien establecidas experimentalmente. Tal es el caso de algunos fenómenos que, como se discutirá más adelante, justifican por sí mismos la confusión. La segunda es que, la amplitud de conceptos incorporados al esquema explicativo general del aprendizaje relacional puede llegar a parecer abrumador e incluso bastante innecesarios. Sobre esto, una curiosa metáfora en la que me gusta pensar cuando se discuten estos temas es que no se puede construir algo si no se tienen los cimientos adecuados. Por ende, pese a la similitud con elementos de ese cuerpo conceptual en psicología, tenemos que decir, que no son la misma cosa.   

Cabe ahora aclarar que, sea una o la otra situación, lo cierto es que, como se ha planteado en otros espacios, el escepticismo científico tan necesario dentro de cualquier propuesta que aspire a ser seria tiende a ignorar nuevas propuestas dentro de áreas de conocimiento en más ocasiones de lo que uno creería, incluso cuando estas se presentan como provechosas para la disciplina misma. Por el momento, este no es un tema que se discutirá acá, podría ser algo que posiblemente abordemos en un futuro, solo el tiempo dirá que tan necesario puede llegar a ser para nuestros curiosos objetivos científicos.

Considero conveniente advertir al lector que lo que viene a continuación está lejos de ser una explicación acabada, concreta y mucho menos digna de admiración a la pregunta que, llegados a este punto, seguramente se estará realizando y es “¿Qué rayos es el aprendizaje relacional?”. Calma, pequeño saltamontes. Primero quería advertirte que no soy el más diestro en contar una historia que no tiene nada de sencilla, pero en coherencia con una actitud honesta sobre el trabajo acá plasmado, haré mi mejor esfuerzo. Después de todo se podría decir que la consecuencia natural de escribir tonterías es que esto te obliga a una búsqueda constante de métodos cada vez más eficientes para discutir y compartir ideas sobre temas complejos. Así que vamos a ello.

La idea más sencilla del aprendizaje relacional o, para ser exactos y no meternos en líos como sustantivar conceptos que denotan interacción, el responder relacional implica que, dada una situación con dos o más estímulos, un individuo responde ante la relación que se forma entre ellos más que a cada uno de estos y sus propiedades formales de manera independiente.

Para dilucidar este enredo de palabras que parece ser más complicado de lo que realmente es, propondré un ejemplo. Pero antes, debemos echar mano de una explicación previa, esto es, el bien conocido concepto de control por el estímulo.

El control por el estímulo o control del estímulo es utilizado en psicología para denotar, como su nombre lo indica, el control bajo el cual se encuentra la conducta de un organismo o individuo en función de un estímulo o conjunto estimular. Recordemos que un estímulo es en sí un conjunto de cosas que tienen la capacidad de afectar el comportamiento con cierta probabilidad. Por ejemplo, cuando observo una manzana, yo puedo reaccionar ante ella dependiendo de su color, su brillantez, su composición y la rigidez de su cáscara. Esto me proporciona información sobre el estado de madurez, la posibilidad de consumo y preferencia, es decir, si me gustan verdes, rojas o amarillentas. Todas estas características mencionadas hacen parte de un conjunto estimular que controla mi comportamiento hacia esa manzana en particular. Esto quiere decir que dependiendo de ese conjunto yo podré morderla, arrojarla, guardarla, o esperar pacientemente un estado de madurez posterior. ¿Lo notaste? Sí, efectivamente los estímulos tienen cierto control sobre nuestra conducta, razón por la cual a este fenómeno se le conoce justamente con ese nombre.

Ahora bien, todos los organismos responden a propiedades de los estímulos, propiedades que se suelen llamar formales porque hacen parte del estímulo o conjunto estimular en sí mismo. La brillantez de una manzana sólo puede predicarse precisamente de la manzana, es decir, es una propiedad formal de esta. Lo mismo ocurre con el tamaño, el color, el olor, sabor y todas aquellas que podrían formar parte de esta como estímulo.

Llegados a este punto, estarás pensando «todo esto que he leído es algo que ciertamente ya conocía», lo sé, de hecho, es probable que te estés preguntando «¿para qué sigo acá si me está diciendo cosas que, de antemano, ya sabía?» Bien, permíteme comenzar con el verdadero propósito de este fragmento del texto. Aclaro, lo anterior solo fue un ejercicio de escritura para, en función de algunos principios científicos, ponernos a la par, procurar una línea base para ponernos un poco más serios o, como dirían otros, vestirnos para la ocasión.

Pues bien, las respuestas que tenemos los organismos a los estímulos han sido ampliamente estudiadas a lo largo de historia. Sabemos que los grandes cuerpos teóricos en psicología se fueron erigiendo alrededor del condicionamiento pavloviano y operante con relación a la simple premisa (no tan simple, para ser honestos) de que los organismos responden a situaciones estimulares. Pero acá es donde se pone aún más interesante la cosa: bajo ciertas condiciones contextuales, los organismos son capaces de responder, no sólo a los estímulos en sí mismos, sino a la relación que estos guardan con otros. Y no sólo eso, sino que además, estas relaciones pueden ser basadas en las propiedades formales (como cuando digo que Pedro es más alto que Juan, donde evalúo la altura de un conjunto estimular pero bajo un punto de comparación) o propiedades que no son formales, sino arbitrarias, en el sentido de que son asignadas por una comunidad verbal que tiene prácticas compartidas. Esto último es harina de otro costal y, probablemente, lo hablaremos cuando me sienta un poco «Anakin» de la guerra de las galaxias para conversar sobre el fascinante y oscuro mundo del lenguaje.

Aclarado el punto anterior, ahora si nos adentramos al basto campo del aprendizaje relacional. Lo sé, lo sé: ¡Por fin! Como decíamos, parte de la definición del aprendizaje relacional implica responder no sólo ante las propiedades formales de un estímulo, sino ante la relación que se forma entre varios de estos. El ejemplo que prometí proponer para imprimirle un poco de imaginación al asunto es el siguiente. Imagine que usted tiene dos varas de diferente tamaño X y Y. Imagine que X mide 20 cm y Y mide 40 cm. El ejemplo gráfico de esto se encuentra en la figura anexada acá.

Si preguntáramos a alguien ¿cuál de los dos es más grande? Probablemente su respuesta sea Y. Hasta ahí todo normal, observamos las líneas de la figura ejemplo y efectivamente esta parece ser una respuesta correcta. Pero ¿qué pasaría si de repente aparece un tercer estimulo como en la imagen que se muestra a continuación?

En función de la pregunta anterior, quizás responder que Y es el más grande no es correcto. Pero ¿Qué ocurrió aquí para que Y, que era la respuesta correcta, deje de serlo? Las propiedades de X como el menor y Y como el mayor siguen siendo las mismas, no fueron alteradas.

Es probable que, en este punto de las cosas, te hayas fijado en el papel que cumple Z en la segunda imagen. En este caso particular, al introducir Z en la ecuación, notamos que el control de la conducta no estaba en las propiedades formales de los estímulos (es decir su tamaño en cuanto tal) sino es sus propiedades funcionales y relacionales. Para explicarme mejor, Y era más grande, pero con respecto a un punto de referencia, que en este caso era X. Al modificar el punto de referencia la relación entre estímulos cambia y con ella, el control que esta ejerce sobre la conducta del organismo. De este modo, ahora Z es el punto de referencia.

Pero, ¿Qué implicaciones tiene esto para nosotros como seres humanos o para el aprendizaje tal como lo conocemos? Como se podrá notar, esta capacidad para responder de forma relacional representa ciertas ventajas para los organismos, en términos evolutivos y ontogenéticos, pues le permite ser muchísimo más eficientes en el ajuste comportamental a las situaciones cambiantes del ambiente (tal como los ejemplos de los tamaños de las líneas en las gráficas anteriores) como la adaptación como especie. Sin embargo, una respuesta mucho más satisfactoria se podría dejar para ser resuelta en nuestra siguiente publicación.

Nos leemos en la próxima ocasión



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